Es la mismísima Creación la que nos ha prestado la vida

 

Nos llaman a orar… para que incidamos en descubrir nuestra naturaleza. Una naturaleza procedente de un Misterio Creador. Una naturaleza de una imaginación fantástica. Una naturaleza con recursos complejos y amplificados, con capacidad de evolución, de descubrir, de ¡asombrarse!, de reflejarse en el amor que le ha creado, y enamorarse de todo lo que le rodea.

Una naturaleza del ser que sabe que es sintonía con su especie y con todas las demás, que formamos una unidad diversa, pero unificada por la palabra “crear”.

Sentirnos creados… es descubrirnos en el insólito proceder singular, irrepetible, de unas capacidades que se han gestado… ajenas a cualquier voluntad propia. Y que luego, que luego paulatinamente, al no ser reconocidas en su origen, se van descubriendo como propias. Y así el ser se va desnaturalizando. Y se va haciendo individual. Deja de ser singular y se hace propietario…; propietario de su ser. Y con ello, adversario de su entorno.

“Propietario de su ser y adversario de su entorno”.

Y aunque resulta fácil mirar las estrellas…, al apoderase el ser de su naturaleza, prefiere un puñado de tierra.

Necesitamos, como especie, recalar en nuestra identidad… para desechar nuestra propiedad y estar verdaderamente liberados. Y no enclaustrados en nuestras leyes, nuestras normas, nuestra opinión, nuestro criterio, nuestro punto de vista… que indudablemente está, pero que no nos pertenece.

Es la mismísima Creación la que nos ha “prestado” la vida. Es un préstamo del Misterio Creador, en su ‘imaginería’.

Sí. Somos una imaginación… insondable.

Y es por eso que, al indagar sobre uno mismo, no terminamos, no culminamos, no conseguimos realmente saber… quiénes somos.

Tan sólo con el invento –“invento”- de la egolatría y la idolatría podemos clasificarnos, definirnos. Y, claro, ya indefectiblemente, morirnos. El mejor plan que se le puede ocurrir a una egolatría.

Y no se trata de sacar el látigo –como tantas veces se hace y se ha hecho- y fustigarse: “Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa”. Y así una vez y otra vez y otra vez…

¿Y si… y si se recurre a la suavidad de la ternura? ¿Y si nos imaginamos la Misericordia generosa? ¿Y si asumimos la Piedad… condescendiente? ¿Y si estamos dispuestos a renunciar a nuestras imposiciones, intransigencias, prejuicios… y abrirnos a la escucha, al compartir, al descubrir…?

Y eso nos va a mostrar nuestra singularidad, nuestra insólita presencia, nuestra imprescindible participación, nuestra necesaria entrega.

Pudiera parecer todo ello una propuesta descorazonada. ¡No! Es una propuesta cargada de corazón.

¡Irrazonable!

Que adquiere el saber… “que adquiere el saber en cada latido”. Y así no hay error. Así no hay dualidad en el pensar y en el sentir. Así hay un sentido.

El sentido abarca “hacia dónde”…, “de qué manera”…, “la intención”…, “la excepción”…; que adquiere cada vez más sentido en la medida en que se comparte, se convive, se coincide… ¡o no! Pero no es motivo, en ningún caso, de agravio o desorden.

Somos –a la vez y simultáneamente- hormigas, hipopótamos y estrellas. Cualquier sustracción hacia un personalismo es… un fracaso.

El sentirnos integrados… –con todo lo que tenemos de capacidad para ver ‘lo creado’- nos libera del yugo de la posesión.

Y no solamente es una opinión, sino que hay que “ejercitarse” en complacerse en el entorno de nuestra especie y de otras… sin entrar en el sistemático rechazo, combate, descontento…

Cualquiera puede darse cuenta de que… estar en un sentir –“estar en un sentir”- disconforme, rabioso, impositor, desagradable, inconformista y constantemente crítico, todo ello es… ¡agotador! Es fácil darse cuenta de ello. Es agotador. ¡Agota, vivir bajo esas premisas!

Y el vivir no es agotador. Es descubridor, es clarividente, es sorprendente.

Solamente el escuchar, el ver, el saborear…, el sentir la ternura de una caricia… es suficiente para revitalizarnos y descubrir el vivir ¡con ligereza!, ¡sin limitaciones! Con la destreza innata. Con la serenidad con la que el viento lleva sus aires.

Hacer del vivir una pesada carga de responsabilidades, de ocupaciones, de imposiciones, de sufrimientos, como reglas inevitables del vivir… son las opciones que se han tomado para controlar y dominar.

Y son las que la Llamada Orante denuncia… como “anuncio” de una precisa y decidida actitud transformadora.

Sentires sentidos…. que dan sentido a nuestras realizaciones. Que abren continuas realizaciones… y que posibilitan esa esperanza permanente.

Como humanidad, hemos recorrido un camino ¡quebrado!, ¡resquebrajado!, ¡fracturado!

Y da igual quién haya escrito la Historia. Pero son quiebros y requiebros, fracturas y más… las que jalonan nuestra presencia en este Universo.

Y se ha convertido, la humanidad, en un callo de fractura que no se articula, que se duele, que el rencor la puede.

Nuestra articulada posición con la Creación, no se ha dado. Por momentos, se ha suspirado por ella, pero… no ha constituido una forma de estar. Nos articularon, como diseño, magníficamente. Y fuimos convirtiéndolo en… “damnificadamente”.

Y luego queremos arreglarlo con los mismos medios –aunque con distinto collar- con los que nos hemos fracturado. Con lo cual, nos convertimos en repetidos fracturados crónicos.

“Repetidos fracturados crónicos”.

Es ya –“es ya”- momento de rehabilitar…

De dar sentido a nuestras habilidades…

¡De asumir nuestras ilimitadas capacidades!...

Sabiendo de los ritmos, las pausas, las esperas, las perseverancias…

¡Somos otros, y debemos descubrirnos!...

Porque, hasta ahora, hemos sido ¡lo que otros han dicho que somos!: los que nos recibieron cuando nos estructuramos; los que nos educaron, culturalizaron, enseñaron…

No había tiempo para saber quiénes éramos. Otros ya nos decían quiénes somos. Como mucho –“como mucho”- el mote, el nombre figurado, podía darnos alguna pista de nuestra naturaleza.

El saber que no somos lo que somos, sino que somos “otros”, nos sitúa en la dimensión ilimitada; nos sitúa en la aventura, en el verdadero sentido, en el desprendernos de la pesada carga del protagonismo.

Y en contra de lo que se puede pensar como un ser quebrado, no supone, el declararnos rehabilitados rehabilitadores, un esfuerzo especial.

Es –para entenderlo mejor- el quitarse el yelmo y la armadura; esa que se llevaba en el combate para protegerse de los golpes. Que es así como se está. “Es así como se está”: yelmo, armadura, protección, lanza, ataque….

Aspirar el aire fresco de quién soy y no lo sabía…

Aspirar el aire fresco de quién soy y no lo sabía… es descubrirse en la humildad y en la transparencia. Es abordar la aventura, con valentía, sin busca de logros y posesiones.

Tan solo con los suspiros del aliento, que vuelan.

“Tan solo con los suspiros del aliento, que vuelan”.

Seamos plumas de alas… “por venir”, con un porvenir de habilidades que nos sitúen en el sueño, en los ensueños… y en las fantasías de “todo posible”; de “lo siempre posible”.

Sentir los sentidos latidos de cada emoción… sin el ejercicio del oficio de pensarlo.

Simplemente, orando.

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ORACIÓN

La Oración que realizamos es una Oración que no está circunscrita a ninguna religión. Creemos que la Oración puede ser un instrumento Liberador y Sanador. Y tiene como referencia a la Creación, a las diferentes Fuerzas que nos animan sin entrar en ponerle un nombre u otro. La creencia de que la Oración es un elemento indispensable para nosotros, nos llevó a crear un espacio dedicado exclusivamente a la oración: “La Casa del Sonido de la Luz”, un lugar situado en el País Vasco , en Vizcaya, en la estructura de un caserío. Allí se realizan encuentros orantes y jornadas de retiro.

LA CASA DEL SONIDO DE LA LUZ

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“La Casa del Sonido de la Luz” ARGI DOINU ETXEA se encuentra en la localidad de Ea, Vizcaya. Un espacio abierto para los alumnos de la Escuela Neijing, los cuales pueden realizar estancias de 1 a 5 días.
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